EL BAÚL DE LAS HISTORIAS

EL CLIENTE


Su voz, suave y zalamera, y su cara de inocente monaguillo envolvía a los acusados durante los interrogatorios y les incitaba a recitar ante el tribunal aquello que deseaba oír. Sin embargo, todas sus artes resultaron insuficientes en su último caso, la anciana millonaria resultó inmune a sus encantos, era sorda como una tapia. Con su muerte se abrió la puerta a una nueva estrategia, si lograba ganarse la confianza de su heredero, se convertiría en el administrador de todos los bienes donados por la excéntrica mujer. Protegido por un paraguas, pequeño y discreto como su dueño, entró en una pescadería y compró media docena de sardinas frescas. El olor, al entrar en el despacho aquella mañana, despertó los cuchicheos entre sus envidiosos compañeros. Una sonrisa de superioridad acalló los comentarios, mientras el maullido de un gato persa flotaba por el aire. – Mi cliente acaba de llegar.   






-LA APUESTA-  

El aíre gélido de la mañana se colaba entre los pliegues de su ropa, lanzando mordidas feroces a sus temblorosos huesos. 
- Una apuesta, es una apuesta- repetía Miguel, mientras envolvía su mano en el puño de la chaqueta, para evitar el contacto con el hierro helado de la cancilla. Deseaba tanto impresionar a Elena; sus ojos, su boca, su forma de moverse, le volvían loco, y más loco estaría si dejaba pasar la oportunidad de ganarse su admiración.
- ¡Qué frío!, -murmuró Miguel al tiempo que oteaba el horizonte.
En pocos minutos amanecería y se podría ir al instituto presumiendo de su hazaña y riéndose de aquella pandilla de crédulos, cómo podían hacer caso de la vieja frutera, todo el pueblo sabía que estaba loca, su marido no desapareció en el cementerio, ningún rayo de luz le convirtió en esclavo del demonio, esa historia seguro que se la inventó para no aceptar que su Pepe se largó con otra y la abandonó.
Mientras contemplaba los muros, un temblor, y no tan solo de frío, recorrió su cuerpo. El aspecto de aquel lugar parecía encerrar a todos los demonios del infierno juntos, pero qué se puede esperar después de más de treinta años sin adecentar el camposanto.
Los primeros albores de la mañana aparecieron ante sus ojos, iluminando la maleza que invadía las piedras gastadas de las tumbas.  Apenas la tenue luz alcanzó el último rincón del reciento, un calor asfixiante brotó de las entrañas de la tierra cerrando el paso al muchacho. A través de la grieta abierta entre lo que hace años debieron ser dos cruces de piedra, se adivinaban cientos, miles de voces distintas que repetían su nombre sin descanso. Mientras su mente trataba de encontrar un significado a todo aquello, unas manos pequeñas, frías y sin alma empujaron su cuerpo al abismo.
Tarde comprendió Miguel que los labios de Elena jamás serían suyos, al menos, no en este mundo.

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- EL SECRETO- 

Siempre renegué de las citas a ciegas. Todo ese ritual absurdo que las envuelve, me provoca desazón y vergüenza. Cómo ilusionarme ante la idea de un encuentro con alguien al que no conozco, por quien no siento nada. Sin embargo con ella, es diferente. Cierto que me consideraba demasiado joven para que se fijase en mi, y en un principio su interés me asustó, pero ahora que llevamos meses observándonos en la distancia, la idea de conocerla me atrae. Como caballero, debería dejar que fuese ella la que eligiese el momento y el lugar, pero no puedo, ni quiero aplazar por más tiempo nuestro encuentro. Mi cuerpo, enfermo y sin fuerzas, necesita refugiarse, por fin, en sus brazos. Encogido entre las paredes de la diminuta bañera, dejo que la tibieza del agua que la desborda, suavice levemente el dolor de la cuchilla al sesgar la piel de mis muñecas. Ahora sólo queda cerrar los ojos y acudir a su lado.   

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