domingo, 10 de abril de 2016

EL CLIENTE

EL CLIENTE 


Su voz, suave y zalamera, y su cara de inocente monaguillo envolvía a los acusados durante los interrogatorios y les incitaba a recitar ante el tribunal aquello que deseaba oír. Sin embargo, todas sus artes resultaron insuficientes en su último caso, la anciana millonaria resultó inmune a sus encantos, era sorda como una tapia. Con su muerte se abrió la puerta a una nueva estrategia, si lograba ganarse la confianza de su heredero, se convertiría en el administrador de todos los bienes donados por la excéntrica mujer. Protegido por un paraguas, pequeño y discreto como su dueño, entró en una pescadería y compró media docena de sardinas frescas. El olor, al entrar en el despacho aquella mañana, despertó los cuchicheos entre sus envidiosos compañeros. Una sonrisa de superioridad acalló los comentarios, mientras el maullido de un gato persa flotaba por el aire. – Mi cliente acaba de llegar.