domingo, 1 de febrero de 2015

EL GALAN, de Carlos Cívico ( Autor de La Pluma de Carlos).

Perfecto, me dije mientras me miraba en el espejo y me daba los últimos retoques. Me había puesto mi mejor traje, bueno el único que tenía, un Adolfo Domínguez que me había comprado tiempo atrás para una boda de un amigo que no me había vuelto a poner, pero es que aquella ocasión lo merecía.
 Después de unos, a ver, tres o cuatro años de casi no hablarnos por motivos que ahora no viene al caso, una muy buen amiga mía, que digo amiga, una hermana, ya que nos habíamos criado juntos, pues sus padres y los míos  habían sido amigos toda  la vida, me había invitado a cenar a su casa, así sin más, y esto fue a principios de semana. Os voy a confesar una cosa, estaba nervioso, muy nervioso. Primero porque tenía ganas de saber cómo le habían sentado los años y segundo, porque aunque ella siempre me ha visto como un hermano, a mí siempre me ha gustado, ¡vaya que he estado enamorado de ella, hala! Ya lo he dicho.
Me miré una vez más en el espejo de la entrada, me arreglé la corbata, y salí de mi piso, cerrando la puerta tras de mí. Salí a la calle, y pedí un taxi, ya que la dirección que me había dicho, estaba a la otra punta de la ciudad. Paró uno, me subí y empezamos el viaje. El taxista hablaba sin parar, que si la crisis, bla....bla....bla, que si el paro, bla...bla...bla, que si la corrupción, bla...bla...bla, verborrea que no hacia ni caso, ya que en mi cabeza solo tenía una pregunta, ¿Por qué después de tantos años me había invitado a cenar? Y fue entonces, cuando aquel taxista gañan tiró un piropo a una mujer que pasaba por la acera, se me encendió la bombilla y el corazón me dio un vuelco de ciento ochenta grados: después de tanto tiempo y de casi cuatro años sin vernos, Sara había comprendido que era el amor de su vida y esta noche se me iba a declarar. Que ilusión me hacía, ya me imaginaba la vida junto a ella, tendríamos un perro, una casa con jardín y un par o tres de críos que heredarían de mí, mi inteligencia y de mi amada su belleza.
Inmerso en mis pensamientos, y construyendo mi vida ideal, llegamos a la finca donde vivía Sarita. Me bajé del taxi, pagué la carrera y me quedé mirando el edificio de apartamentos donde vivía. Se notaba que vivía en la parte alta de la ciudad, lo demostraba las puertas grandes acristaladas, y que hasta tenía portero, y pensé:” guapa, lista y con dinero, vaya partidazo de mujer”, sin duda cada vez me tenía más enamorado. Entré en la portería y pregunté por el piso donde vivía mi bella princesa. El portero, que era una mezcla entre Gorge Cloney y Pedro Picapiedra, se me quedó mirando de arriba abajo, consultó una especie de agenda, y me dio el piso en cuestión. Me dirigí  al ascensor, entré y pulsé el piso correspondiente. Mientras el ascensor subía, yo me montaba mi historia. Nos imaginaba a los dos, retozando entre sus sabanas, abandonados a una pasión irrefrenable... pero bueno, tampoco no adelantemos acontecimientos. Se paró el ascensor, salí y me quedé delante de su puerta con el dedo en el timbre, y entonces es cuando me entró un miedo atroz, un miedo escénico, entonces pensé:” y si no le gusto, y si me sigue viendo como un hermano y no quiere saber nada de mí y me cierra la puerta en las narices, y lo peor, lo publica en Facebook y se ríe todo el mundo de mi...” no!, fuera esta noche tenía que ser perfecta. Me llené de valor y toqué al timbre.
-              Vooooooyyyyyyyyy, oí desde detrás de la puerta, de lo que pretendía que fuera mi nueva residencia.
Al cabo de un momento, oí como se descorría el cerrojo de la puerta, y se abría la entrada a mi propio jardín del Edén con mi particular Eva, y la persona que me recibió me dejó petrificado. Aquella mujer no era Sara, era un ángel que había bajado del mismísimo cielo. Los años le habían  sentado como un guante, y como el buen whisky, había mejorado. Tenía una melena rubia, que le caía como una bella cascada y que le llegaba hasta la espalda. Y el vestido rojo de gasa que me llevaba, dejaba ver sutilmente su hermosa figura, dios aquella mujer era todo lo que deseaba en la vida, y en pocas horas iba a ser toda para mí, o por lo menos eso creía.
-              Buenas noches, Marc, ¿cómo estás?; me preguntó con una gran sonrisa en la boca. Yo me quede embobado, pasaban los segundos y no me salía una palabra y no podía ni gesticular.
-              ¿Marc, estás bien? Te pasa algo?; (segundos, pasaban más segundos y yo petrificado), hasta que una voz interior, o eso creo yo, me dijo:”desacarojate, que te está tomando por tonto....”
-              Buenas noches, Sara. No te pregunto cómo estás porque veo que estás de maravilla... ;ahí has estado bien, Marc, muy bueno este sutil piropo, dije para mis adentros.
-              Hay Marc, tú siempre tirándome florecillas, pero pasa, no te quedes en la puerta.
Y pasé, si me invitó a entrar, que podía hacer yo. El piso, bueno, no era un piso era un loft, era increíble. El salón era a doble altura, y daba directamente al salón, que era casi más grande que mi propio piso. Al fondo, detrás de unas cristaleras enormes, se podía apreciar un pedazo de terraza, que podías hacer baile y todo. A mano derecha estaba la cocina, tipo barra americana, y a mano izquierda, dos puertas: una que supuse que sería el baño, y al lado otra que sería su alcoba, que es la que quería explorar. Delante de la gran cristalera, había un sofá, parecía comodísimo, y en medio del enorme salón, una mesa, puesta de manera exquisita, pero algo me hizo bailar la cabeza, había puesto mesa para tres. Bahhhh, seguro que debe estar nerviosa y se ha equivocado al contar, pensé, normal al esperar a un hombre con tanto sex-appeal como yo, pues hasta la mujer más inteligente se equivoca.
-              Marc, por favor, pasa y ponte cómodo, como si estuvieras en tu casa.
Me dirigí al sofá, me quité la americana, que con mucho cuidado doble y dejé en el reposabrazos del mismo, y me senté a esperarla.
-              Oye, me dijo mi Sara, ¿quieres algo para beber?
-              Si, pues ahora que lo dices, me podrías poner un Martini con vodka, revuelto, no agitado, por favor. Jo es que me sentía como el mismísimo James Bond, además hasta me daba un aire de misterio.
 Se fue para la cocina a buscar las bebidas, y mientras se iba, yo observaba su sensual cuerpo como se contoneaba.
Al cabo de un momento volvió con dos copas de vino tinto y me dijo:
-              Mira no me vengas con cosas extrañas, aquí tienes una copa de un buen vino
tinto, y te las arreglas como puedas; me dijo acercándome la copa y sentándose a mi lado. Jo, pensé, ya lo dice el refrán, dónde hay confianza da asco, ah y una cosa te digo cuando seas mi prometida, jo que palabra más bonita, esto no te lo voy a permitir, a ver que te crees....
Dimos unos sorbos a las copas de vino, y de repente, y quitándome la misma de la mano, clavó su mirada en mi mirada y me dijo:
-              Mira, Marc, te preguntarás porque, después de tanto tiempo te he invitado a cenar..., - pues no, pensé, ya sé que estás enamorada de mí y quieres que sea tu pareja para siempre, pero venga dímelo tú que es más romántico – pues mira era para pedirte una cosa....; y en aquel momento tan mágico, que yo ya estaba flotando por la habitación, sonó lo que menos me esperaba, el puñetero timbre.
-              Mira ya está aquí la otra persona que esperaba, un momento que voy a abrir; y allí me dejó, más solo que la una, y con la mosca en la oreja. ¿Otra persona?, a  quien esperaba, al cura para casarnos ya?, que rápido vas, amor mío, pensé.
Sentí como se abría la puerta y como se saludaban, se cerró y apareció Sara al lado de un hombre, una especie de Rambo, un culturista de gimnasio de barrios bajos, cuadrado como un armario de cuatro puertas. Pero lo que me hizo pensar era que estaban cogidos de la mano, vaya que para ser un cura, era muy extraño.
-              Mira Marc, te presento a Albert, mi prometido...
Como que “mi prometido”, no podía ser, su prometido era yo, o eso tenía creído. Bajé del séptimo cielo al mismísimo infierno, “mi prometido”, me había dicho.
-              Marc, el favor que te quería pedir, bueno que te queríamos pedir los dos, es que el día cuatro de abril nos casamos, y queríamos que tu fueses nuestro padrino y testigo de boda.
Padrino y testigo de que, de mi funeral sentimental, del final de mi  mundo, porque me tenía que pasar esto a mí, porque... Después de la “gran noticia” nos sentamos a cenar, y entonces comenzó la historia de terror. Me explicaron cómo se conocieron, que ya hacía tiempo que vivían juntos, que eran muy felices, bla...bla...bla, yo solamente quería irme de allí o en su defecto, reventarme los tímpanos para no escuchar más historias de Sara y Albert en el país de los elefantitos rosa y nubes de gominola. Acabamos de cenar y después de estar un momento de sobremesa, nada unos cinco minutos, me disculpé de ellos alegando que me dolía la cabeza y que me iba a mi casa, pero lo que en verdad me dolía era el corazón. Salí del apartamento de los horrores, y cogí el ascensor para dirigirme a la salida. Cuando llegué a recepción, todavía estaba el portero, lo saludé y se me quedó mirando como si supiera que me habían dado calabazas, venga hombre, no seas cruel. Pedí un taxi que me llevara a mi casa, a mi hogar, a olvidar toda aquella locura de noche. Por lo menos este fue callado, y llegamos a mi apartamento sin más incidentes.
Abrí la puerta de mi cuchitril, me quité ese traje que ya tanto me molestaba, y así en gayumbos, me tiré al sofá pensando porque me había rechazado de aquella manera tan cruel, no lo quería asegurar pero me pienso que hasta alguna lagrimita se me resbaló por la mejilla. Y así me quede dormido hasta la mañana siguiente, que seguramente, lo vería todo mejor. Ahhhh antes de despedirme igual queréis saber si acepte ser “testigo – padrino” de aquella aberración que Sara llamaba boda, pues si, acepté, no por la amistad que tenía con ella, sino porqué dicen que los padrinos ligan mucho en las bodas, y no se sabe nunca  si podría encontrar a mi Sara particular.... y ahora sí, buenas noches, y hasta mañana.

Carlos Civico.