sábado, 19 de marzo de 2016

LA APUESTA

El aíre gélido de la mañana se colaba entre los pliegues de su ropa, lanzando mordidas feroces a sus temblorosos huesos. 
- Una apuesta, es una apuesta- repetía Miguel, mientras envolvía su mano en el puño de la chaqueta, para evitar el contacto con el hierro helado de la cancilla. Deseaba tanto impresionar a Elena; sus ojos, su boca, su forma de moverse, le volvían loco, y más loco estaría si dejaba pasar la oportunidad de ganarse su admiración.
- ¡Qué frío!, -murmuró Miguel al tiempo que oteaba el horizonte.
En pocos minutos amanecería y se podría ir al instituto presumiendo de su hazaña y riéndose de aquella pandilla de crédulos, cómo podían hacer caso de la vieja frutera, todo el pueblo sabía que estaba loca, su marido no desapareció en el cementerio, ningún rayo de luz le convirtió en esclavo del demonio, esa historia seguro que se la inventó para no aceptar que su Pepe se largó con otra y la abandonó.
Mientras contemplaba los muros, un temblor, y no tan solo de frío, recorrió su cuerpo. El aspecto de aquel lugar parecía encerrar a todos los demonios del infierno juntos, pero qué se puede esperar después de más de treinta años sin adecentar el camposanto.
Los primeros albores de la mañana aparecieron ante sus ojos, iluminando la maleza que invadía las piedras gastadas de las tumbas.  Apenas la tenue luz alcanzó el último rincón del reciento, un calor asfixiante brotó de las entrañas de la tierra cerrando el paso al muchacho. A través de la grieta abierta entre lo que hace años debieron ser dos cruces de piedra, se adivinaban cientos, miles de voces distintas que repetían su nombre sin descanso. Mientras su mente trataba de encontrar un significado a todo aquello, unas manos pequeñas, frías y sin alma empujaron su cuerpo al abismo.


Tarde comprendió Miguel que los labios de Elena jamás serían suyos, al menos, no en este mundo.

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